“Siempre somos mejores que nuestros enemigos”: inmersión con paracaidistas de fuerzas especiales

“Siempre somos mejores que nuestros enemigos”: inmersión con paracaidistas de fuerzas especiales

A 3.500 metros de altura, la puerta corredera del pequeño avión Cessna 208 Caravan se abre de par en par. De repente, ráfagas violentas perturban la tranquilidad que reinaba en la cabaña. Se enciende una pequeña luz verde. Uno a uno, siete hombres vestidos de uniforme se dejaron caer al vacío. Ni la sombra de la vacilación altera su rostro. Los gestos son precisos, casi mecánicos. “Depende de nosotros” Mika, un tipo alto al que estoy bien sujeto, me susurra al oído, sentado en el suelo.

Mi ritmo cardíaco se acelera. A trompicones, nos deslizamos lentamente hacia la abertura. Mis pies ahora están suspendidos en el aire. La verde campiña borgoñona, apenas cubierta por algunas nubes, se revela en un panorama que sin duda debe ser grandioso. Cegado por el temor, soy incapaz de aprovecharlo. Sólo una pregunta sigue rondando por mi cabeza: ¿quién está tan loco como para saltar de un avión que vuela a toda velocidad a casi 4 kilómetros del suelo?…

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